Fluffy 1×01-1×02

Imagen de Kiko Sebastià

La señora Plof tenía forma de ocho, una permanente estratosférica, los brazos cortos y un gato color nubes de tormenta llamado Fluffy. Presumida, paseaba a su minino de una correa, y, disimulada, curioseaba los patios traseros del vecindario. Fue en uno de aquellos jardines llenos de enanitos grotescos cuando algo inaudito y terrorífico sucedió.

-¿Bolita, qué se supone que estás haciendo?- fue lo único que la señora Plof alcanzó a decir antes de que terminara de suceder la desgracia.
Fluffy se había zampado el cabezón de un diminuto bulldog, que hasta entonces había estado durmiendo tranquilo y pacífico (y creía que a salvo) en su pequeña caseta de madera. A un lado y a otro, la señora Plof miró. No había testigos de aquel acto atroz. Con cuidado y disimulo escondió el cuerpecito desmembrado de aquella monada canina en el interior de su casita (que desde entonces sería el lugar de los hechos) y con sigilo de la escena se esfumó.
Cuando se dispuso a reñir a Fluffy, los enormes ojos amarillos flotando en aquella esponjosidad negra que era su pelaje, fueron argumento suficiente para convencerla de que aquel acto sanguinario e injustificado había sido del todo necesario… e incluso justo y admirable. Tal era el amor que le profesaba.
No pasaron una noche ni dos, sino tres semanas hasta que la señora Plof perdió la paciencia. El recuento de víctimas era aterrador. Siempre hacía lo mismo: las fauces abría y toda la cabeza se comía. Lo horroroso llegó cuando Fluffy decidió que lo mejor era llevar los cuerpos inertes a su dueña.
Tres canarios, cinco periquitos, un comepárpados, tres perritos monísimos, cuatro que aún sin cabeza eran horrendos, seis gatitos naranja chillón, su mamá gata y un ser antropomórfico con las inconfundibles características de un bebé humano sobrealimentado. Hay desastres que el amor no tendría que tolerar y, por eso, la señora Plof llegó a su límite.
Desesperada buscó en el listado telefónico hasta que por fin encontró algo que parecía responder a sus necesidades: ‘Nono, The Gothic Vet’. Llamó y llamó y hasta tres tonos sonaron. Al otro lado del aparato, una voz delicada le respondió…
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