Fluffy 1×04

Tras aquella bolsa de cuero negro, apareció una chiquilla pequeñaja de tez blanquecina, pelo lacio y oscuro como una noche sin luna. Tenía la cara fina y delicada a juego con su voz y unos ojos enormes de color pozo sin fondo, incrustados en ojeras perpetuas. Vestía una bata blanca que le quedaba varias tallas grandes y unos vaqueros cortos y holgados.

Comenzó a corretear por la habitación, examinó los cadáveres, hizo mediciones, inyectó líquidos, extrajo sangre, la probó, apiló los cuerpos, los volvió a dejar donde estaban y tras diez minutos de fervorosa actividad se acarició la barbilla y anunció con solemnidad:

-¡Parece que estamos ante un insólito caso de gato zombi interespecies! ¡Déjeme ver al espécimen!

Fluffy se había escapado. Al descubrir aquello, Nono empezó a preparar el instrumental con la calma de quien no conoce la prisa, el estrés ni el agobio.

-¿Pero qué hace?- le espetó la señora Plof.
-¿A usted qué le parece? ¡Esperar a que venga Fluffy con una nueva víctima!
-Pero… pero… ¡No podemos esperar a que se coma la cabecita de otro ser!

En ese momento, Nono quiso medir muchísimo sus palabras, pero no le salió tan bien como quiso:

-Eso de que no podemos esperar… depende. Sería terrible y cruel que matase a otro animalito… pero personas… ¡personas sobran millones!

Es imperante recalcar lo escandalizada que quedaron la señora Plof, su permanente estratosférica y su hasta ahora no mencionado vestido de flores estampadas. Si le hubieran llegado, se habría llevado los brazos a la cabeza. Superado su asombro, en un atisbo de picaresca inusitada le dijo:

-Hágalo por los animalitos.

Sin mediar palabra, la veterinaria cogió un raspador y empezó a frotarlo contra los bracitos de su clienta.  No iba a soportar oírla gritar otra vez, así que tomó la iniciativa:

-Cállese. Necesito piel muerta, sudor condensado y otras cositas que huelan a usted si quiere que salgamos a buscar a su mascota.

La señora Plof inspiró tanto como pudo para evitar estallar en incredulidad y espanto y, finalmente, argumentó:

-¿No podía usted pedirme una bufanda o un jersey?
-Buena idea. Traiga algo de ropa.

Nono salió a la calle. Era una noche agitada y las hojas sueltas de los árboles revoloteaban por donde quería el viento. No había rastro de Fluffy, así que se adentró en el barrio. Hileras de chalets en los que vivían señores mayores con corbata y niños educados. Aún así, la sensación de normalidad, domingos soleados en el jardín, asepsia y planificación horaria le provocaron escalofríos.

Tras escudriñar varias manzanas, escuchó unos ruidos extraños. Eran maullidos espeluznantes, reproducidos a cámara lenta. Como si el ‘au’ del ‘miau’ se alargase un poco más allá del infinito con ánimo aterrorizante. Eso y un llanto descorazonador. Era el típico balbuceo desconsolado que emitiría un cachorro de husky siberiano siendo atacado por un gato zombi interespecies.

La veterinaria se acercó a la escena, sigilosa como la sombra de un ninja. Se enroscó la bufanda al cuello y lanzó al aire los trocitos de cosas variadas que olían a la señora Plof. El gato no se percató de su presencia, confundido por su disfraz oloroso. Cuando estuvo a centímetros del pescuezo del animal, lo inmovilizó.

No había duda, se había transformado en zombi y no había solución posible. No entendía cómo lo hacían, pero los muertos resucitados tenían una facilidad pasmosa para hacerse grandes heridas o quedar amputados a una velocidad incomprensible para los seres vivos.

Les mordían en la espalda, se convertían en zombis con una pequeña herida y diez minutos después -sin que hubiera explotado nada- tenían brazos y piernas cercenadas. Pues este caso no era una excepción. Fluffy tenía en carne viva parte del lomo y vastas extensiones de la cola y, por supuesto, en las patas sólo había hueso. También le faltaba un ojo. Lo habían pasado por un rallador.

Era definitivo. Nada podría traerlo ya a la vida debido a su avanzado estado de muerte y putrefacción. La única opción era la más intrusiva de todas: la decapitación quirúrgica.

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