Fluffy 1×05

Imagen de Kiko Sebastià

Era definitivo. Nada podría traerlo ya a la vida debido a su avanzado estado de muerte y putrefacción. La única opción era la más intrusiva de todas: la decapitación quirúrgica.

Mientras ella decidía el método de intervención, el gato se zafó de la veterinaria y descubrió el engaño. ¡No era su dueña! Henchido de rabia ya fuera por la estafa o por su condición de living dead cat, fue -torpe y lento pero furibundo- a por el cerebro de la chica.

Nono desenvainó un extraño instrumento médico que guardaba un rabioso parecido con una katana. Su cabello ondeaba al viento. Un gato zombi era algo contra natura. Los gatos son ágiles y sigilosos. Esto era un monstruo ruidoso y sin gracia. Decidida pero tranquila, imaginó la escena que ocurriría a continuación. Acababa con un reguero de sangre.

Se encaró al engendro que antes tuviera ojos como soles, flexionó las rodillas y cuando éste saltó con garras amenazantes, le esquivó y le embistió en vertical. Rápida y precisa. La muerte verdadera llegó de un solo golpe. Como una nota sostenida, la incertidumbre se apoderó del escenario.


Nono aterrizó sobre sus pies con elegancia y precisión. Fluffy trastabilló, pero mantuvo el equilibrio. Aún le quedaba algo de felino. Todo parecía en su sitio. No había desgarros en ella, ni amputaciones en el animal. La nota sostenida explotó.

Antes de que pudiera dar tres pasos, la cabeza del animalito salió por los aires y pintó la pared de una vivienda unifamiliar con un generoso chorretón de sangre putrefacta. Litros y litros de un denso rojo oscuro que pintaron los pálidos ladrillos con brocha descontrolada.

Justo en ese momento llegaba la señora Plof jadeando, ya que no había podido seguir el ritmo de la veterinaria. La esfera de color nubes de tormenta inminente cayó entre sus pequeños bracitos, pero debido a la escasa longitud de sus miembros se le resbaló de manera aparatosa. El cráneo cayó como una caprichosa pelota que se escapa, con saltos puñeteros, lejos de su propietario.

Rodó unos metros y tras dar varias vueltas sobre su eje, con ojos desvencijados quedó mirando hacia su dueña, que derrotada, cayó de rodillas contra el asfalto. Su llanto desgarrado se unió al del pequeño husky, que aterrado había sobrevivido al ataque. Al verla así, el animalito fue a terminar de lloriquear en su regazo. Formaban una estampa triste… pero el mundo estaba a salvo.

La veterinaria se acercó a su mochila abandonada en el suelo. Sacó un gran auricular de baquelita. Puso uno de sus extremos frente a la oreja. Del otro, salía un cable que giraba en espiral y se perdía en el interior de la bolsa. ¡Era una cabina telefónica portátil!

-Informe- exigieron al otro lado de la línea.
-Solicito intervención urgente de una unidad del ZAP. Más que probable infección localizada por un LDC-i.

Una vez acabadas las formalidades, se acercó a la mujer. Estaba destrozada. Le puso la mano en el hombro y se marchó mientras susurraba:

-Ya le llegará la factura.

La señora reprimió el llanto y alcanzó a decir:

-¡La demandaré por brutalidad animal y negligencia… no le dio a mi Fluffy ni una sola oportunidad!

Nono se encogió de hombros, cogió su mochila gigante de un asa y se dio la vuelta para marcharse.

-¡Ahora tiene usted un nuevo cachorro!- le gritó mientras se alejaba.

Acababa de salvar la ciudad de una potencial infección zombi y eso era lo máximo que se lo iban a agradecer, así que se centró sólo en las cosas positivas: la buena pareja que hacían doña Plof y el perrito y aquella bufanda que olía a rancio y que suponía, le habían regalado. Melancólica, siguió caminando, divagando sobre cuán difícil era entender el amor interespecies.

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