¡Cruri, cruri! 2×02

Aquí hay un intruso del pie derecho / Alex Femenías
-Encantada, yo soy Nono, vetective* paranormal, y vengo a solucionar sus problemas.
-Igual… mente- dijo el hombre intentando fingir alivio por su presencia.
La conversación terminó pronto pues el interior del hogar estaba también atestado de calzado y era muy incómodo hablar mientras la suela de un zapato lleno de paja y cosas pegajosas de procedencia incierta se les metían en la boca.
-¿Dunde estú lu puertú del jardún traserú?- preguntó la veterinaria detective, mientras intentaba quitarse un ridículo mocasín bicéfalo de entre los dientes, para averiguar dónde había hecho don Augusto su maldita esfera feérica.
Apenas había quince metros de distancia entre el lugar donde se encontraba Nono y el jardín, pero tardó dos horas en excavar un túnel entre los zapatos. Éste se aguantaba mediante un rudimentario sistema de andamios, pero finalmente había llegado a donde el hombre había plantado el círculo mágico.
Bajo una estructura de vigas de madera y techo de merceditas, deportivas y tacones de aguja, cogió muestras del césped y tierra de alrededor, olió el compuesto, lo mezcló con agua y bebió un sorbito de la solución. Era de color emergencia, sabía a lugar prohibido y apestaba a persona entrometida.
Sacó una lupa, miró muy de cerca los hongos, rebanó con un escalpelo una porción de uno de ellos y desenterró otro  -cuyas raíces medían tres metros- y se los llevó al interior de la vivienda, que estaba siendo vaciada de zapatos por el Zafarrancho Antiplagas Polivalente (ZAP). El ZAP era una unidad especial que trabajaba bajo demanda y que se dedicaba a limpiar los desperfectos que causaban las actuaciones de los veterinarios paranormales.
La vetective abrió su gran mochila negra y sacó un microscopio gigante (más grande que ella misma),  observó distintas placas durante lo que serían treinta minutos, fue a la cocina y abrió armarios hasta que encontró el instrumental necesario para preparar un té.

-Ahora a esperar- dijo la veterinaria, que mandó a don Augusto a descansar, y se sentó en un sillón con su tacita humeante entre las manos.
La chica quedó dormida y se despertó a dos minutos de la medianoche. Miró a un lado y a otro. Todo en silencio. Se levantó, se desperezó estirando los brazos y una pierna, y se quitó el zapato derecho que dejó frente a la chimenea. Si se enfrentaba a lo que creía, era una tremenda provocación.
Cogió cuatro pinzas quirúrgicas de ojos y las enganchó entre cada uno de sus párpados. Las de arriba con las cejas y las de abajo con las ojeras. El reloj hizo su ding, dang, dong y la veterinaria, tras despertar de un capirotazo a don Augusto se escondió tras el sofá.
Un tornado de un metro y poco de altura se materializó cerca de la chimenea. Empezó a azotar los trastos de la casa y a su paso, iba lanzando zapatos del pie izquierdo desde su interior. Desde la chimenea, fue a la cocina. De ahí se dirigió al recibidor y, entonces, volvió al salón. Medio centenar de pantuflas, bailarinas de manopiés, alpargatas y botarañas golpearon paredes, cuadros,  jarrones y esculturas de dudosa moralidad.  Cuando parecía que el plan iba a fallar, el diminuto vórtice de viento se quedó quieto, estático, junto a la zapatilla solitaria que hacía de cebo.
Los giros del torbellino, cada vez más lentos, revelaron unas aspas que eran unos bracitos cortos y escuchimizados. Poco a poco se fueron definiendo un sombrero de copa, una chaquetilla roja, y un pequeño rostro con facciones de batracio, ojos saltones y mofletes regordetes y verdosos incluidos. Todo flanqueado por unas puntiagudas orejas. El conjunto estaba rematado por una ovejita blanca por montura, a la que la criatura montaba a horcajadas y que iba cargada con alforjas llenas de calzado.
La joven, de lacio pelo negro y flequillo rebelde, aprovechó la distracción para cruzar su mirada con la de aquel duendecillo alborotador, la única manera -cuentan las leyendas- de captar su atención.

Como pensaba, era un leprechaun o un trasgo disfrazado de leprechaun. En cualquier caso, Nono tenía presente la primera frase que enunciaron en la primera clase de ‘Hadas y otras criaturas que aparecen y desaparecen’ en el primer curso de la prestigiosa Línea de Verges: “Una vez a la vista, ojos de encima no debes quitar, si osas sólo parpadear, desaparecerá por siempre jamás”.

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*La palabra ‘vetective’ proviene de la contracción de las palabras ‘veterinario’ y ‘detective’. Básicamente, son investigadores del mundo paranimal especializados en veterinaria. 
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