¡Cruri, cruri! 2×03

Impresionante boceto de Nono con el T-Volver / Alex Femenías
Como pensaba, era un leprechaun o un trasgo disfrazado de leprechaun. En cualquier caso, Nono tenía presente la primera frase que enunciaron en la primera clase de ‘Hadas y otras criaturas que aparecen y desaparecen’ en el primer curso de la prestigiosa Línea de Verges: “Una vez a la vista, ojos de encima no debes quitar, si osas sólo parpadear, desaparecerá por siempre jamás”.
-Así que tú eres el causante de todo este alboroto- inquirió con seguridad la detective.
-Bla di bu bu bla- contestó burlón el bicho, sin bajarse de la oveja.
-¿Sabes que estás incumpliendo al menos cinco artículos de la Ley de Transporte de Mercancías y Seres Interplanos, verdad?
-Bro quri Agor lur. Yop laga zapa ora evor- respondió con enojo.
-¿Cómo que no? ¿Entonces han aparecido sin querer? Mira, lo que no se puede hacer -continuó Nono, asegurándose de que las pinzas estaban bien ajustadas- es invadir sin permiso el espacio humano cada vez que un listo quiere confraternizar con algún hada para que le haga feliz.
-Bro quri Agor lur. ¡Terratae prorega invasorte lur! ¡Cruri, cruri, cruri! ¡Fuli Cruri!- clamó nervioso.
-¡No digas palabrotas! ¿A qué te refieres con que hay un ladrón?
-¡Cruri, cruri!- gritó aquella criatura parecida a un leprechaun, señalando con su largo y anguloso dedo verde al señor Augusto, mientras espoleaba a su pequeña montura, que daba vueltas nerviosa alrededor de la veterinaria.
Voto de confianza para el monstruito. Buscaron por todos los recovecos de la casa, sin éxito, hasta que llegaron a la habitación del dueño. Un imponente armario de caoba dominaba toda la estancia. Adornado con multitud de filigranas, espirales y motivos silvestres parecía el típico lugar donde una mente enferma escondería cadáveres, tal vez su colección de ropa interior robada o los tesoros del algún plano mágico.

El plan de la criatura verdosa era una improvisación poco elaborada. Aprovecharía cuando los dos humanos se internaran en la oscuridad más allá de las puertas del mueble gigante y escaparía. Nono lo había previsto. Así que para cuando se dio la vuelta, sacó un espejo con el fin de no perder de vista al zapatófilo.
Con un ojo miraba al elfo en miniatura, que estaba a su espalda, y con el otro, la negrura llena de ropa y polillas. Pero no había rastro de calderos de oro, ni indicios de nada que no tuviera que estar ahí, tan sólo el interior de un vulgar armario corriente de gigantescas proporciones.
El bicho lo había intentado, pero don Augusto estaba limpio. Tras agotar sus opciones, se sintió acorralado y saltó -desde su oveja- sobre el hombre para atacarle. Hincó sus piececitos en su abdomen y se colgó de su cuello. Objetivo: reventar la yugular a bocados desesperados. 
El asalto fue inefectivo. Tras un forcejeo ridículo, las extremidades diminutas del duende le jugaron una mala pasada. Una mano gigante le cogió de la cabeza y lo separó sin esfuerzo del cuerpo que estaba intentando desgarrar. Al dejar en el suelo al ser paranormal, Augusto se dio cuenta de que entre sus dedos… ¡tenía lo que parecía la cara del presunto leprachaun!
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