‘Cruri, cruri’ al completo

Nono / Alex Femenías
El jardín amaneció poblado de zapatos del pie izquierdo. Cuando don Augusto fue a recoger el periódico matinal, el traspiés fue monumental. Un botín de terciopelo con bisutería incrustada se le encajó en el dedo gordo y provocó la reacción en cadena. Volaron zapatillas, zuecos, merceditas, escarpines -para niño, mujer y marino-, botas y borceguíes mientras su cuerpo desde la nariz hasta las rodillas se estampaba contra el césped.

No tenía tiempo ni de alarmarse ni sorprenderse. Cuando se recuperó, encontró el diario. Volvió al interior de la vivienda y mientras desayunaba huevos fritos con zumo de naranja comprobó que en la prensa no se habían enterado de su peculiar problema. Pensó que era mejor así. No quería formar un circo alrededor de su casa cuando por fin empezaban a salir las cosas bien.

A la mañana siguiente, el señor Augusto fue más precavido. Antes de recoger el matutino, miró por la ventana pero el cielo estaba tan gris y oscuro que no se veía nada. Cuando fue a abrir la puerta, lo hizo despacito y sigiloso pero toda precaución fue en vano. Una cascada de zapatos coloridos le cayó encima haciendo que la puerta se abriera de par en par. ¡El cielo no estaba nublado! ¡Había una montonera de más de dos metros de altura formada por chancletas, sandalias griegas y todo tipo de calzado de invierno que se apilaba contra la fachada y las ventanas!

Tendría que ponerle remedio. Don Augusto -de mirada aburrida y proporciones más propias de un espárrago blanco que de un humano cincuentón- era un hombre interesado en la lencería y lo sobrenatural. Así que empezó a plantearse que aquella vez el círculo feérico que había recreado en el jardín hacía unos días estaba molestando demasiado. Tal vez se había pasado con las proporciones, aunque tenía la convicción de que esta vez había sido discreto.



 El lunes amaneció con olor a cuero, algodón mojado, policloruro de vinilo, metal y calcetín usado. Los zapatos caían por la chimenea y rebosaban por el salón y el resto de las estancias. Estaba atrapado. Con su intento de abrir un acceso al mundo fantástico (para eso servían los círculos feéricos), en vez de contactar con hadas libidinosas y cumplensoñaciones, había creado una entrada a un plano donde las personas sólo tenían pies derechos y por eso le caían a él todos los zapatos izquierdos. Eso o algo mucho más terrorífico e inimaginable. Debía buscar una solución antes de que la situación se descontrolase y fuera inevitable que tuvieran que intervenir las autoridades.


Era demasiado tarde para don Augusto, su flirteo con el mundo paranormal había hecho sonar varias alarmas. Nono llegó el mismo día por la noche. El problema era gordo. La casa era un oloroso montículo multicolor. Para pedir explicaciones al culpable, tendría que atravesar (ya inventaría cómo) aquella montaña hecha de piedras textiles con cordones.

Buscó un hueco, y aún a riesgo de perderse, se coló por él. Con elegancia, una gran cucharada de contorsionismo y un amplia base de temple llegó a entrar. En ese momento, el dueño se estaba sacando un patuco de bebé gorjeano de la boca.

-Así que usted es el inútil- espetó la joven con mirada incrédula y brazos en jarra.
-¿A qué se refiere con eso?- preguntó contrariado el hombre.
-Usted es el inútil que ha estado buscando setas, las ha trasplantado en forma de circunferencia y ha creado un círculo feérico, un anillo de hadas artificial por donde se están colando los zapatos de todo tipo de realidades y planos poniendo en peligro, con su estupidez, la existencia de la humanidad.
-Sí… supongo -titubeó Augusto- Yo soy el inútil.
-Encantada, yo soy Nono, vetective paranormal, y vengo a solucionar sus problemas.
-Igual… mente- dijo el hombre intentando fingir alivio por su presencia.
Aquí hay un intruso del pie derecho / Alex Femenías
La conversación terminó pronto pues el interior del hogar estaba también atestado de calzado y era muy incómodo hablar mientras la suela de un zapato lleno de paja y cosas pegajosas de procedencia incierta se les metían en la boca.

-¿Dunde estú lu puertú del jardún traserú?- preguntó la veterinaria detective, mientras intentaba quitarse un ridículo mocasín bicéfalo de entre los dientes, para averiguar dónde había hecho don Augusto su maldita esfera feérica.

Apenas había quince metros de distancia entre el lugar donde se encontraba Nono y el jardín, pero tardó dos horas en excavar un túnel entre los zapatos. Éste se aguantaba mediante un rudimentario sistema de andamios, pero finalmente había llegado a donde el hombre había plantado el círculo mágico.

Bajo una estructura de vigas de madera y techo de merceditas, deportivas y tacones de aguja, cogió muestras del césped y tierra de alrededor, olió el compuesto, lo mezcló con agua y bebió un sorbito de la solución. Era de color emergencia, sabía a lugar prohibido y apestaba a persona entrometida.

Sacó una lupa, miró muy de cerca los hongos, rebanó con un escalpelo una porción de uno de ellos y desenterró otro  -cuyas raíces medían tres metros- y se los llevó al interior de la vivienda, que estaba siendo vaciada de zapatos por el Zafarrancho Antiplagas Polivalente (ZAP). El ZAP era una unidad especial que trabajaba bajo demanda y que se dedicaba a limpiar los desperfectos que causaban las actuaciones de los veterinarios paranormales.

La vetective abrió su gran mochila negra y sacó un microscopio gigante (más grande que ella misma),  observó distintas placas durante lo que serían treinta minutos, fue a la cocina y abrió armarios hasta que encontró el instrumental necesario para preparar un té.


-Ahora a esperar- dijo la veterinaria, que mandó a don Augusto a descansar, y se sentó en un sillón con su tacita humeante entre las manos.

La chica quedó dormida y se despertó a dos minutos de la medianoche. Miró a un lado y a otro. Todo en silencio. Se levantó, se desperezó estirando los brazos y una pierna, y se quitó el zapato derecho que dejó frente a la chimenea. Si se enfrentaba a lo que creía, era una tremenda provocación.

Cogió cuatro pinzas quirúrgicas de ojos y las enganchó entre cada uno de sus párpados. Las de arriba con las cejas y las de abajo con las ojeras. El reloj hizo su ding, dang, dong y la veterinaria, tras despertar de un capirotazo a don Augusto se escondió tras el sofá.

Un tornado de un metro y poco de altura se materializó cerca de la chimenea. Empezó a azotar los trastos de la casa y a su paso, iba lanzando zapatos del pie izquierdo desde su interior. Desde la chimenea, fue a la cocina. De ahí se dirigió al recibidor y, entonces, volvió al salón. Medio centenar de pantuflas, bailarinas de manopiés, alpargatas y botarañas golpearon paredes, cuadros,  jarrones y esculturas de dudosa moralidad.  Cuando parecía que el plan iba a fallar, el diminuto vórtice de viento se quedó quieto, estático, junto a la zapatilla solitaria que hacía de cebo.

Los giros del torbellino, cada vez más lentos, revelaron unas aspas que eran unos bracitos cortos y escuchimizados. Poco a poco se fueron definiendo un sombrero de copa, una chaquetilla roja, y un pequeño rostro con facciones de batracio, ojos saltones y mofletes regordetes y verdosos incluidos. Todo flanqueado por unas puntiagudas orejas. El conjunto estaba rematado por una ovejita blanca por montura, a la que la criatura montaba a horcajadas y que iba cargada con alforjas llenas de calzado.

La joven, de lacio pelo negro y flequillo rebelde, aprovechó la distracción para cruzar su mirada con la de aquel duendecillo alborotador, la única manera -cuentan las leyendas- de captar su atención.

Impresionante boceto de Nono con el T-Volver / Alex Femenías
Como pensaba, era un leprechaun o un trasgo disfrazado de leprechaun. En cualquier caso, Nono tenía presente la primera frase que enunciaron en la primera clase de ‘Hadas y otras criaturas que aparecen y desaparecen’ en el primer curso de la prestigiosa Línea de Verges: “Una vez a la vista, ojos de encima no debes quitar, si osas sólo parpadear, desaparecerá por siempre jamás”.

-Así que tú eres el causante de todo este alboroto- inquirió con seguridad la detective.
-Bla di bu bu bla- contestó burlón el bicho, sin bajarse de la oveja.
-¿Sabes que estás incumpliendo al menos cinco artículos de la Ley de Transporte de Mercancías y Seres Interplanos, verdad?
-Bro quri Agor lur. Yop laga zapa ora evor- respondió con enojo.
-¿Cómo que no? ¿Entonces han aparecido sin querer? Mira, lo que no se puede hacer -continuó Nono, asegurándose de que las pinzas estaban bien ajustadas- es invadir sin permiso el espacio humano cada vez que un listo quiere confraternizar con algún hada para que le haga feliz.
-Bro quri Agor lur. ¡Terratae prorega invasorte lur! ¡Cruri, cruri, cruri! ¡Fuli Cruri!- clamó nervioso.
-¡No digas palabrotas! ¿A qué te refieres con que hay un ladrón?
-¡Cruri, cruri!- gritó aquella criatura parecida a un leprechaun, señalando con su largo y anguloso dedo verde al señor Augusto, mientras espoleaba a su pequeña montura, que daba vueltas nerviosa alrededor de la veterinaria.

Voto de confianza para el monstruito. Buscaron por todos los recovecos de la casa, sin éxito, hasta que llegaron a la habitación del dueño. Un imponente armario de caoba dominaba toda la estancia. Adornado con multitud de filigranas, espirales y motivos silvestres parecía el típico lugar donde una mente enferma escondería cadáveres, tal vez su colección de ropa interior robada o los tesoros del algún plano mágico.


El plan de la criatura verdosa era una improvisación poco elaborada. Aprovecharía cuando los dos humanos se internaran en la oscuridad más allá de las puertas del mueble gigante y escaparía. Nono lo había previsto. Así que para cuando se dio la vuelta, sacó un espejo con el fin de no perder de vista al zapatófilo.

Con un ojo miraba al elfo en miniatura, que estaba a su espalda, y con el otro, la negrura llena de ropa y polillas. Pero no había rastro de calderos de oro, ni indicios de nada que no tuviera que estar ahí, tan sólo el interior de un vulgar armario corriente de gigantescas proporciones.

El bicho lo había intentado, pero don Augusto estaba limpio. Tras agotar sus opciones, se sintió acorralado y saltó -desde su oveja- sobre el hombre para atacarle. Hincó sus piececitos en su abdomen y se colgó de su cuello. Objetivo: reventar la yugular a bocados desesperados. 

Nono ante una montonera de zapatos / Alex Femenías
Las extremidades diminutas del duende le jugaron una mala pasada. Una mano gigante le cogió de la cabeza y lo separó sin esfuerzo del cuerpo que estaba intentando desgarrar. Al dejar en el suelo al ser paranormal, Augusto se dio cuenta de que entre sus dedos… ¡tenía lo que parecía la cara del presunto leprachaun!

Resultó ser una máscara. El animal fantástico era realmente un leprechaun de noche (también conocidos como clurichauns). Una clase de criaturas alcohólicas y alborotadoras que siempre están de juerga y no saben encarar la mañana con dignidad. Iguales en apariencia que sus hermanos de día pero con un tono más rosado en las mejillas.

Cuando no están bebiéndose la cerveza de las bodegas que custodian, fabrican calzado fantástico para caminantes, aventureros y mendigos exhaustos; a quienes se los regalan a cambio de un número desorbitado de monedas de oro o después de que hayan cumplido hazañas absurdas e imposibles. ¡Sólo cuando el duende ha desaparecido, los necesitados descubren que han adquirido dos zapatos del mismo pie!

A Nono se le acabó la paciencia. Iba a acabar esta historia de manera contundente. Desenfundó su T-vólver*, una pistola de seis cañones que disparaba electrodos aturdidores. Una maravilla modificada según sus necesidades . De lejos, parecía un revólver al que se le había incorporado, con sumo gusto, una ametralladora rotativa en miniatura. De cerca, era la viva imagen de la destrucción.


La veterinaria apretó el gatillo. Falló el primer intento por milímetros. El bicho era un blanco escurridizo y ella se había precipitado.  Accionó el corta-cables para poder disparar otra vez, y dio en el blanco. Uno de los proyectiles se clavó en la cabeza del ser mágico y el otro en el pecho. Una descarga de 500 voltios recorrió su cuerpecito y lo dejó inconsciente.

***

La muchacha llevaba dos horas sin parpadear para evitar que el ser desapareciese aunque estuviese dormido. Así que cuando el clurichaun despertó, fue concisa y directa.

-Nada de bromas, nada de juegos, ni de apariciones, ni de mentiras. Vas a volver por donde has venido, te llevarás todos tus zapatos y no volverás nunca más por esta parte del mundo.
-¡Blo, bi, ba blu!- gritó rabioso.
-No lo estás entendiendo. No sólo has violado la Ley de Transporte Interplanos sino que actuabas como otra entidad feérica y has atacado a una persona. No es que yo vaya a utilizar mis poderes de veterinaria contra tu enclenque cuerpecito, es que puedes pasarte mucho, muchisísimo tiempo en Casa Warp.

Ante tal amenaza, el hombrecito se sintió desamparado y accedió a las peticiones de la insidiosa vetective** con una condición: que destruyeran el portal y que el cruri no volviese a construir otro. Don Augusto dio su palabra y se mostró muy arrepentido y avergonzado.

El clurichaun, de nombre Agor, se desvaneció como el agua diluye la témpera. Cuando ya no quedaban más que unas trazas de su mágico ser, volvió a gritar ¡Cruri… fuli cruri!, mientras miraba con odio al hombre alargado.

Los técnicos del ZAP vieron como les desaparecían todos los zapatos que habían amontonado durante el día y a Nono se le escapó una risa y pensó que ella también se habría enfadado si un tonto descerebrado hubiera hecho una entrada no autorizada en su casa poniendo en peligro el equilibrio y la discreción del Límite.

-Menos mal que los ‘lepres’ remiendan zapatos y no diseñan bombas- le gritó a Dondon, el capataz del Zafarrancho, que, entre la indignación y el alivio, comprobó que su jornada laboral había acabado antes de lo esperado.

***

En el despacho, mientras preparaba el informe del caso, la muchacha empezó a ver que habían quedado varios cordones sin atar: el comportamiento del duende era muy extraño. Los chauns solían burlarse de los humanos con embustes y triquilluelas pero no solían hacer acusaciones tan graves como las que había hecho Agor y menos ponerse violentos. Tras anotar sus preocupaciones en el escrito, supo que no había sido su actuación más brillante.

-¿Será la falta de empatía?- pensó para sus adentros algo avergonzados, dio un carpetazo y se preparó para irse a casa.

 Una vez la casa estuvo desalojada, sin botines ni muchachas entrometidas, el señor Augusto pudo respirar tranquilo. Miró por la ventana hacia donde había estado el anillo de hadas, que estaba ahora destruido. Cuando se cercioró de que no había curiosos, corrió las cortinas y se acercó al sillón donde Nono se había quedado dormida.

Con una palanca oculta, lo desbloqueó del suelo y lo pudo arrastrar lo suficiente para desvelar una trampilla secreta. De su interior, emanaba un resplandor dorado, propio del oro leprechaun o del aura de las hadas de jardín secuestradas.

——–

*La palabra ‘T-vólver’ viene de la contracción de las palabras ‘táser’ y ‘revólver’. Dispara electrodos que transmiten una descarga eléctrica de entre 500 y 1.000 voltios. El arma de Nono, sin embargo, presenta varias modificaciones: supera los límites legales de potencia con lo que puede ser letal, puede disparar proyectiles funcionales sin necesidad de que estén unidos al arma mediante una toma y puede disparar en modo automático.

**La palabra ‘vetective’ proviene de la contracción de las palabras ‘veterinario’ y ‘detective’. Básicamente, son investigadores del mundo paranimal.


Fin del segundo capítulo de ‘Paranimals: Veterinaria de Investigación al Límite’.
2 comentarios
  1. Níkrom
    Níkrom Dice:

    Vale, pero seguro que en alguna parte del universo existe realmente un núcleo urbano dónde la gente viste con ropa cara y se llama ZAP.

    La idea del enlace es para que el lector no tenga que buscarlo cada vez en la columna de enlaces.

    Hay una sección del relato en tipografía distinta.

    Y, muy interesante.

    Responder

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