Lala 3×01 ¡Piruleta y algodón!

Lala por Alex Femenías

Lala era una niña de piruleta y algodón. Sus ojos grandes y amarillos lo veían todo y se posaban sobre sus henchidas mejillas pintadas con témpera roja. Solía llevar vestidos de topos, a cuadros o de pajaritos. Tenía dos trenzas aerodinámicas del color del atardecer y era vivaracha como un desayuno con tres tazas de café.

La ciudad donde vivía era gris y tenebrosa. Los rascacielos se alzaban como las sombras de seres malvados y los barrios de gente pobre se consumían entre escombros, graffitis y aluminosis. Sin embargo, Lala sabía ver el encanto en la mayoría de cosas. Sabía encontrar los colorines ocultos entre el hollín y vivir aventuras fantásticas entre las moles de cemento y cristal que se habían adueñado tiempo atrás de la costa.

Aquella noche el viento no silbaba. El tiempo parecía no tener prisa y la temperatura era incluso agradable. Fue en el transcurso de uno de sus paseos vespertinos cuando, a lo lejos, vio una pequeña islita de piedras antiguas rodeada por un mar de edificios de metal y luces de neón. Estaba en ruinas y parecía haber sido víctima de un bombardeo.

Normalmente no se alejaba tanto de su barrio pero ese día nada le daba miedo y decidió acercarse corriendo. Parecía una centella, un rayo globular, que iluminaba las tristes y apagadas calles a su paso, como una bolita de luz incansable. Incesante.

Le había entrado la prisa porque desde lo alto de la ciudad, donde estaba, a la niña le daba mucha pena aquella vieja construcción, tan vieja y solitaria rodeada de todos esos matones modernos y estirados que eran los bloques de pisos y oficinas que la acechaban.


No se lo podía creer. Cuando llegó, descubrió que la viejecita solitaria… ¡era una iglesia sin cabeza! Tenía la planta y las paredes de piedras sillares con el hueco para un rosetón y ventanucos, aunque sin rastro de vidrieras. Había arcos y en la parte posterior varios contrafuertes que sostenían una cúpula semiderruida. Pero más allá de eso, no había techo.

Tras el asombro inicial, vino algo aún más impactante. La naturaleza estaba desatada dentro del edificio. Era un pequeño bosque de varias decenas de árboles y numerosas enredaderas de extrañas formas. Algunas recorrían la fachada o saltaban de árbol a árbol, pero otras dibujaban formas rectangulares suspendidas en el aire. Cuando se acercó a una de ellas, todas sus expectativas se rompieron. ¡Eran las porterías de un campo de fútbol! Surrealista, increíble, poco verosímil incluso para la realidad… pero allí estaba, ¡dentro del edificio sagrado!

Lo escudriñó de arriba a bajo. De izquierda derecha y vuelta a empezar. Casi dejaba un haz de luz a su paso mientras iba de una piedra a otra. Era un lugar impresionante. Su nuevo lugar ‘más preferido’, como diría más tarde. Pero entonces reparó en la tercera nota discordante de la noche. En una de las esquinas más oscuras del recinto, bajo un almendro, había un pequeño animalito de formas extrañas. Estaba quietecito, como si no tuviera vida. Lala detuvo su marcha fulgurante y se acercó recelosa.

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