¡Bichájaro! – Lala 3×02

¡Un misteriosos bichájaro! / Alex Femenías

Lo escudriñó de arriba a bajo. De izquierda derecha y vuelta a empezar. Casi dejaba un haz de luz a su paso mientras iba de una piedra a otra. Era un lugar impresionante. Su nuevo lugar ‘más preferido’, como diría más tarde. Pero entonces reparó en la tercera nota discordante de la noche. En una de las esquinas más oscuras del recinto, bajo un almendro, había un pequeño animalito de formas extrañas. Estaba quietecito, como si no tuviera vida. Lala detuvo su marcha fulgurante y se acercó recelosa.

Era la cría del bicho más feo que había visto en su vida. Estaba hecho de oscuridad y descifrar su anatomía fue complicado. Tenía alas y hocico. Lo de los ojos no estaba claro y la niña fue incapaz de entender el resto de extremidades. Podría ser el eslabón perdido entre los grandes insectos y los pájaros primitivos.

-¡Se mueve!- dijo la niña en alto. Sonaba a terciopelo fosforescente asustado.

Miró hacia la copa del árbol pero no había rastro de nido alguno, ni de mamá insectpájaro. Sólo las ramas del almendro y algunas flores perezosas que aún no querían marcharse de casa.


No tenía herida alguna pero parecía estar débil o enfermo. ¡En un estado de extrema gravedad! Apenas podía mover la boca y la niña concluyó que aquellos bultitos encima del hocico parecían párpados que no se podían abrir. La aventurera tenía una misión urgente. ¡Debía salvar a la criatura, viniera del infierno que viniera! No podía dejar que aquel bichájaro se quedará ahí y muriera congelado.

-¡No, no, no, esho shí que no!- exclamó con su voz hiperactiva y revelando lo difícil que le resultaba pronunciar las ‘eses’ cuando se ponía nerviosa o estaba muy contenta.

Haciendo el ‘nino, nino’ de la ambulancia cogió al animal y salió corriendo de la iglesia.

Subía como el rayo por una avenida empedrada, flanqueada por casas colgantes, algunas reformadas, otras en estado de ruina. Entonces, se topó con una figura siniestra. Era una joven de formas larguiruchas y retorcidas y con dos pozos negros como ojos. Toda de blanco, su indumentaria se debatía entre un uniforme clínico y un vestido babydoll corto y con vuelo. Su pelo, largo y oscuro, formaba bucles al viento. Intimidaba y provocaba admiración a partes iguales.

A su espalda, un enorme carromato de madera, con multitud de chimeneas o tubos de escape, y cachivaches varios hacían la estampa aún más amenazante. De frente, parecía una vieja locomotora decimonónica. Pero de proporciones reducidas, como si la hubieran chafado. En un cartel, hecho a mano con una caligrafía terrorífica, se podía leer: ‘El laboratorio ambulante de Nono’ y en un renglón inferior: ‘Veterinaria gótica’.

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