El silbido del viento – Lala 3×03

Imagen de Alex Femenías

-¡No, no, no! ¡No tengo tiempo para tonteríash!- le gritó con su voz revoltosa a la veterinaria, mientras la intentaba esquivar.

Resoplando contra su flequillo rebelde, la mujer de blanco alcanzó a Lala y la cogió por el pescuezo, como si fuera un gato indefenso.

-¿No ves que estoy en una misión de vida o muerte? ¡No puedes entrometerte en mi camino!
-Estoy aquí por la criatura. Así que cállate y deja de actuar como una niña.
-¡Soy una niña! ¿No ves mis trencitas?- le gritó enfadadísima y a puntito de llorar.

Ignorando el comentario, las pataletas y la ristra de improperios que vinieron a continuación, metió a la niña revoltosa y al animal dentro del vehículo. Estaba tan limpio que daba miedo pisar con los zapatos de la calle. De hecho, Lala no se había dado cuenta y ya tenía puestos unos patucos sanitarios y una mascarilla.


Extrañísimas piezas de instrumental quirúrgico colgaban de una de las paredes. Pinzas de campo, de tejido y de separación; retractores, bisturíes de distintos tamaños, agujas. Tijeras de disección, de hilo y para apósitos, escápulas y otras cosas menos propias para un sitio como ése: martillos, hachas y una colección de cuchillos larguísimos que la niña de piruleta y algodón hubiera jurado que eran espadas… e incluso, le pareció ver una alabarda.

Nono cogió al animal y lo puso en la camilla. Lo examinó por arriba y por abajo, le miró las pezuñas, que resultó que también tenía, las alas y el hocico. No quería mirar dentro de la garganta por lo que pudiera encontrar. Esperaba que fuera un parásito tipo tricomoniasis o similar y que todo quedara en un susto, pero tenía un presentimiento terrorífico.

Y se cumplió. No había rastros de burbujitas amarillentas ni ningún otro síntoma de enfermedad vulgar. Estaba bien, un poco deshidratado y al borde de la muerte por inanición, pero sano. Era el peor de los escenarios. ¡Sí que era cuestión de vida o muerte! Pero no sólo la del bicho, sino la de todos los habitantes de la ciudad. Todos sus temores eran ciertos: el viento no silbaba porque alguien le había robado el canto a un gamusino.

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