Miedos y ruidos – Velada con un nocherrante 4×01

Nono / Kiko Sebastià

1. Miedos y ruidos
 
Nono no se quería ir de la clínica. Le aterraba lo que pudiera pasar si se iba a casa, dormía y se despertaba. Estaba al borde de un ataque de ansiedad. Llevaba horas haciendo cosas innecesarias, había limpiado seis veces el material quirúrgico de su última operación y comprobado cuatro veces que la comida de los animales estuviera bien dosificada y, por último, había abierto el expediente del caso de ‘Fluffy, el gato zombi’* para echarle una ojeada.

El Zafarrancho Antiplagas Polivalente (ZAP) había conseguido una buena desinfección de la zona y como ningún bicho se había vuelto a convertir en zombi por la zona, la investigación estaba detenida. Pero aún así se resistía a marcharse y le dio otro repaso a los archivos. ¡Tal era su temor a lo desconocido! Cuando apagaron las luces generales supo que ya no había remedio. Tendría que enfrentarse, sin posibilidad de oponer resistencia, a… una semana de vacaciones.

Estaba inquieta. El tiempo no pasaba. Tirada en su cama, con los brazos en cruz, su gato Lúfuco había encontrado un cojín fabuloso sobre su cara de veterinaria paranormal. Era la primera mañana de sus cinco días libres (además del fin de semana) y no tenía nada que hacer. Y aquella nada estaba llena de horas, repletas de minutos, que estaban hechos de larguísimos y molestos segundos.

Sonó un graznido lejano que la hizo reaccionar. Cuando trató de incorporarse, el gato se deslizó ingrávido a la misma velocidad que ella pero en dirección contraria: quedó apoltronado en su cocorota y siguió dormitando.
Sin más remedio que soportar la humillación felina, fue a la cocina y puso agua a hervir. Fue con el ‘clack’ de la tetera eléctrica cuando entendió por qué estaba tan malhumorada e intranquila. Dio un respingo y el animal saltó asustado de su cabeza a la encimera y se alejó de la estancia mascullando un ‘miau’ de indignación.

Por fin descubrió qué le pasaba. Su subconsciente, ése que le permitía acordarse de chistes de mal gusto en tristísimos funerales, no se podía olvidar de los cordones** que había dejado desatados en el caso de la plaga de zapatos. Esa larguísima, vacía, aburrida y desesperante semana de vacaciones se convertiría en… ¡una trepidante semana de investigación furtiva!

Empezaría como hacía en todas sus operaciones. Primero, la vía menos intrusiva. Antes de pedir permisos para cruzar al mundo feérico, investigaría a don Augusto. El hombre había sido víctima de la broma pesada de un clurichaun llamado Agor, que le acusaba de ser un ladrón porque había plantado un anillo de hadas en su jardín.

A modo de venganza desmesurada, la criatura había hecho que en la casa del hombre nevara calzado del pie izquierdo hasta el punto de llegar a sepultar la vivienda. Nono resolvió el conflicto con elegancia y poca violencia pero después la poseyó una extraña sensación. Como si todo hubiera sido demasiado sencillo, como si alguien lo hubiera querido así.

Esa misma tarde fue a merodear por los alrededores de la casa de don Augusto. No podía ir con su laboratorio ambulante, así que eligió un coche viejo y sucio para no llamar la atención. Se había vestido con una gabardina gris hasta los pies y e incluso llevaba calado un borsalino a juego.
-¡Modo incógnito activado!- pensó, divertida, mientras se le escapaba un esbozo de sonrisa.

Se le hizo de noche sin sacar nada en claro, más allá de descubrir el desmesurado interés de don Augusto por los catálogos de lencería femenina. Como le quedaban seis días en los que su única obligación era no dejarse llevar por la pereza y la falta de higiene, decidió tomarse la investigación sin prisas y con perseverancia.

Cuando se dispuso a afrontar su segundo día de observación, un contratiempo hecho de luz y oscuridad se interpuso en su camino. Sobre el felpudo de su casa, Lala y su bicho negro*** como la noche dormían acurrucados, ajenos a lo que les rodeaba.

Estuvo a punto de pegar un brinco y sortearles, pero un estrepitoso ronquido del monstruo en miniatura le hizo cambiar de parecer. Aunque sabía que se iba a arrepentir, le dio un golpecito con el pie a la niña y la despertó.
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