Agua estancada – Velada con un nocherrante 4×03

Don Augusto / María Cuadrado

-Ayer me dijiste -empezó Nono cortando las críticas de cuajo- que te habías hecho amiga de… ¿cómo lo llamas? Mopis. ¿Quieres que te cuente algo acerca de eso?
-¿Habrá colorinesh y música de goloshinas?- dijo entusiasmada la niña, abriendo hasta el infinito sus ojos, que eran dos estrellas gigantes.
-No. Sólo negra noche y miedo- respondió tajante y con ganas de asustar la veterinaria.
La niña se enfurruño un poco y le soltó:
-¡No me dash miedo veterinaria gótica! Ashí que empieza con tu hishtoria, ya, jolinesh.
-No es una historia… pero no te enfades enana, que era una broma- le dijo con sorna.
-Shí, claro sheguro que me quieresh ashustar muchíshimo.
-Verás que no. Escucha- Nono hizo aquí una pausa dramática y engoló la voz con maestría-Tienes que saber que hacerse amigo de un gamusino es algo inédito, nunca antes visto.

La niña la miró como si eso no fuese con ella. ¿Cómo que no se había visto? ¿Y ellos dos que eran? La mujer oscura sólo podía estar diciendo tonterías e invenciones.

-La mayoría de humanos no pueden ver a estas bestias y, por eso, no creen en ellas- prosiguió la joven- Tradicionalmente, los mayores engañan a los pequeños y a los novatos para que los vayan a cazar en las noches de fuerte viento. No es que sean invisibles, es que la percepción humana no puede entender el color oscuro del que están hechos estos engendros. Por decirlo de alguna manera, los gamusinos se mueven en frecuencias de la realidad que los hombres normales no pueden alcanzar. Como si tu radio llegara como máximo a la 106.7 y ellos estuvieran en la 209.1.
-¿Y por qué yo sí puedo verle?- respondió Lala, que ya se estaba dejando cautivar por el relato.
-Pues es algo extraño- dijo Nono, intentando no dar mucha importancia a la pregunta- Lo que debes conocer también es a qué se dedican los gamusinos. Delimitan áreas libres de actividad paranormal. Ajenas a la actividad del Límite. Las noches de viento suelen tener mucho trabajo, bien porque alguien quiera invadir un territorio protegido o bien porque dos gamusinos se disputen el control de una zona. El sonido del viento -y el viento en sí- es su arma frente a las amenazas. ¡Es muy peligroso!

La niña respondió con alabanzas, vivas y vítores. Y aunque tenía muchas preguntas como qué era el Límite o qué era un área libre de actividad paranormal, formuló la siguiente:

-Entoncesh, ¿Mopish es como shuper importante, shuper fuerte y shuper peligroso no?
-Bueno como es mudo… no puede hacer demasiado. Así que no es importante, no es fuerte y… definitivamente no es peligroso por lo que nadie vendrá a buscarlo.
-A mí me gusta así- dijo la niña estrujando a la criatura que dormía plácidamente en su regazo.- No hables nunca si no quieres, ¿vale?- le dijo poniéndole ojitos de preocupación.

El sol acabó de caer por el pozo oscuro de la tarde y las estrellas motearon el firmamento sin prisas. Aquí una, allí otra y acullá dos más. Sin que se dieran cuenta el cielo se llenó de topitos brillantes y galaxias violetas y algo se movió en el interior de la casa de don Augusto.

La puerta dio un portazo y vieron cómo se marchaba con aire decidido y un maletín. Era la oportunidad de volver a registrar su casa. Sería rápida y concisa. Ya sabía donde estaba todo, ahora sólo tendría que buscar donde en un principio no había nada.

Esperaron lo que Lala definió como “varios momentos interminables, ¡venga entremos ya, jobar!” y asaltaron la morada como sombras fugaces. Nono hizo su magia. Con un baile frenético de manos y muñecas desarmó el pomo y la tenue penumbra del recibidor las invitó a entrar.

Todo en orden. Todo igual de normal. Todo igual de frustrante. Maldita sea. Una hora después del allanamiento, iban a tirar la toalla… entonces, Lala empezó a juguetear con algo que no tendría que estar ahí: una saurioalpargata. ¿Cómo es que quedaban zapatos de otras dimensiones? ¡Agor los había hecho desaparecer cuando se marchó! Momento de inspiración. ¡Había un sitio en el que no habían mirado! ¡Debajo del sillón donde Nono se durmió para esperar al clurichaun!

No daba crédito. ¡Había una trampilla oculta! Trillado pero efectivo. Entonces, empezó el horror. Un brillo dorado y cegador emanaba del interior. Fulgían destellos en plata y rojo púrpura. No era un color de ese plano de la realidad.

Tras las escaleras, seguía un pasadizo angosto que daba a una gran puerta entreabierta, de donde provenía la extraña luz. Nono le pidió a Lala que volviera al coche pero la niña se convirtió en unos enormes ojos vidriosos. Mopis le siguió el juego con su pose de animalito desvalido y fue imposible oponerse a sus deseos.

Caminaron con cautela hasta llegar a la puerta. La veterinaria la empujó levemente. Estaba bien engrasada por lo que no soltó el característico chirrido ambiental. Una gran sala se abrió ante ellas. Ánforas, cálices, cofres, candelabros, lámparas, armas rituales… y un sinfín de cachivaches de diseños imposibles. Todo flotando en un mar de monedas de oro con tropezones de zapatos extravagantes.

En las paredes, estanterías que llegaban al techo. También rebosaban extraños objetos preciosos. Piezas de orfebrería surrealista, manuscritos gnómicos, retratos de dioses, juguetes prehistóricos. Un vasto tesoro robado del mundo feérico: la razón de aquel extraño resplandor.
-Maldito cruri.- dijo Nono entre dientes.

La estancia parecía no tener fin, como si por un efecto de la contraposición de espejos, se alargase hasta el infinito. Aun así, las relucientes piezas de metal invadían toda la extensión. ¡Tal era el desproporcionado botín! Tenía que ser fruto del trabajo de muchos años. Quizá don Augusto no era sólo un señor aburrido aficionado a la información y a las braguitas sexys. ¿Quién era realmente?

El espacio debía de haber sido alterado en aquel sótano. No podía ser tan grande. Eso o había una ampliación ilegal de primera clase. Distintas puertas recorrían la habitación. De entre todas, la que más destacaba era una gran compuerta blindada. Se podía abrir desde fuera pero una vez cerrada desde dentro era imposible salir.

Nono miró a Lala. No estaba nada asustada. De hecho, parecía encantada. Había dejado aparcado su alborotado torrente de palabras shesheantes y oteaba con sus inmensos ojos todos los recovecos. La miró en señal de aprobación para atravesar aquella puerta y la niña no dijo nada, pero le rogó con la mirada que se diera prisa. ¡Necesitaba descubrir lo que ahí dentro se ocultaba!

Con un silbido de cierre hermético desbloqueado, la compuerta empezó a desplazarse lateralmente, lenta y pesada. Ahí dentro había otro clima. Húmedo y cálido, como una charca de agua estancada. Una densa niebla flotaba a un metro del suelo. Contra las paredes, unas encima de otras y sin ningún tipo de orden, se acumulaban centenares -sino miles- de esferas gelatinosas, grandes como un neumático de coche.
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