Bastón de caramelo siniestro – Velada con un nocherrante 4×04

Ilustración de María Cuadrado
Lala cogió la mano de la joven. Eso ya no parecía un tesoro de cuentos. Nono empezó a blasfemar en un idioma extraño. Mopis se había escondido, subido en el hombro de la niña, tras su pelo del color del atardecer. Se internaron aún más. Un sinfín de largas tuberías verdes reptaban por el techo. Parecían las ramas de un árbol gigante. Nacían afluentes que desembocaban en los extraños globos sebáceos, que eran los frutos.

En medio de aquel bosque, un enorme reloj victoriano con dos péndulos se alzaba solitario. A lo largo de toda su estructura, entraban y salían numerosos cables, que resultarían ser alambres arbóreos de conducción. Nono ya lo había visto antes. ¡Era tecnología feérica!
No tenía tiempo de desmontar aquel reloj, que si no iba errada, era una mera carcasa de protección, pero creía poder activar lo que se ocultaba dentro.

-Gljiba zohera- exclamó en una voz neutra y pausada.

Empezó a sonar un ruido que recordaba al paso de un río perezoso. Las paredes del reloj se expandieron hasta que la madera y el metal cedieron debido a una intensa presión interior. Nono desmontó la estructura fracturada y descubrió un extraño ingenio biomecánico. Recordaba al rovellón gigante, a la bromelia o a la drosera antártida. Una mezcla abominable entre hongo y planta carnívora con multitud de diodos de colores.

-¡Es un champiñón de luces!- gritó Lala ilusionada.

Los alambres arbóreos estaban enlazados a un grueso cable, similar al de un tronco de árbol joven, que una vez llegaba al techo se fundía con la maraña de tuberías verdes. ¿Qué había dentro de aquellas pelotas siniestras? Con temor, mordiéndose los labios y con el ceño fruncido, la niña indicó con la cabeza que su curiosidad era mayor que el miedo que sentía.

Se acercaron a una de las esferas para ver su contenido, pero una película grasienta lo impedía. Justo cuando Nono se dispuso a retirar el sebo, el sonido de la compuerta las sorprendió. ¡Se estaba cerrando! El contraluz de una figura larguirucha las amenazaba, mientras la sala quedaba sellada… ¡para siempre! “¡Clack!”, hizo el cierre y la veterinaria supo que había cometido su mayor error en años.

-Mis queridísimos chauns… ¿otra vez rondando por mis dominios?

Lala se escondió detrás de Nono y Mopis se perdió aún más en su mata de pelo. No había más opción de ocultarse.

-¿Por qué os empeñáis en morir tan fácilmente? No sé por qué no cejáis en vuestro empeño. ¿Eres tú, pequeño Agor? Tus intentos de hacerte el héroe han sido frustrados una y otra vez. ¿Tanto deseas ser sometido?

La figura estilizada llegó por fin a un punto en que pudo ver a las dos chicas con claridad.

-Vosotras… no sois chauns… y yo a ti te conozco. ¡Eres la veterinaria! ¿Qué haces aquí?

Las facciones aburridas del señor Augusto se habían deformado hasta conseguir un semblante aterrador, pero a pesar de eso, seguía pareciendo un espárrago.

-Espera un momento… tú no eres un humano… ¡Eres un nocherrante!- dedujo la veterinaria.
Antes de que pudiera contestar, una risa descontrolada salió de la espalda de la muchacha:

-¿Un nocherrante? ¡Eso qué clashe de nombre de monshtruo esh? ¡Da mucha rishaaa!

Don Augusto concentró su maldad y se estiró y creció tanto, que el espárrago tomó forma de bastón de caramelo siniestro; su cabeza y brazos quedaron colgando como si fueran un mango curvo de diseño pavoroso.

-¿Te sigo haciendo gracia, polluela?- le espetó con una voz lenta y pavorosa.
A Lala se le cortó la risa de cuajo. La figura destartalada se erguía grotesca ante ellas. Sus manos habían crecido y sus dedos parecían blancas ramas de árbol puntiagudas. El traje de señor aburrido había quedado destrozado por completo y su huesuda y deforme columna vertebral se marcaba a través de la piel, que parecía estar a punto de desgarrarse.

-Niña, no soy un nocherrante cualquiera, soy El Nocherrante superior, quien define a toda una especie, el que reinará sobre el mundo feérico y convertirá vuestro plano en lo que tendría que ser desde hace eones: nuestro vertedero.

-Nono… ¿está haciendo el clásico discursito del malvado?- preguntó Lala que no había quedado muy impresionada con la declaración de intenciones.
-Eso parece… pero… ¿tú sabes lo peligroso que es esto?
-Sí, claro… pero si lo está hashiendo…

Don Augusto se cansó de tanta charlatanería y se abalanzó sobre las chicas. Con sus zarpas apartó a la veterinaria a un lado y abrió sus poderosas mandíbulas -llenas de innumerables y deformes dientes- para comerse de un bocado a Lala. ¡Era una trampa para osos babeante!

Nono entendió lo que había hecho la criaja. Con su retórica irreverente, le había sacado de sus casillas para darle una oportunidad. ¡Había hecho de señuelo para despistar al monstruo! La veterinaria desenvainó su katana quirúrgica y atacó a la deformidad directamente en la nuca.

El nocherrante era rápido y tenía afinados sentidos. Descubrió el embuste y cuando Nono estaba a punto de rebanarle el pescuezo, se zafó. A pesar del quite, la chica acertó a cercenarle parte de la mandíbula inferior. Diez centímetros de barbilla amorfa y varios dientes como garras salieron volando. Hecho un basilisco, se dirigió hacia la joven con intenciones asesinas. Ésta le asestó un golpe en diagonal, pero don Augusto detuvo la espada con la palma de la mano y la hizo trizas al cerrar el puño.

En un derroche de inconsciencia y buenas intenciones, Lala corrió hacia el nocherrante y le dio un cabezazo en la boca del estómago pero el monstruo no se inmutó. Haría pinchito de niñas entrometidas. Las ensartaría a ambas con sus garfios en un sólo movimiento.
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