‘Velada con un nocherrante’ al completo

Ilustraciones de María Cuadrado y de Kiko Sebastià



Nono / Kiko Sebastià

1. Miedos y ruidos
 
Nono no se quería ir de la clínica. Le aterraba lo que pudiera pasar si se iba a casa, dormía y se despertaba. Estaba al borde de un ataque de ansiedad. Llevaba horas haciendo cosas innecesarias, había limpiado seis veces el material quirúrgico de su última operación y comprobado cuatro veces que la comida de los animales estuviera bien dosificada y, por último, había abierto el expediente del caso de ‘Fluffy, el gato zombi’* para echarle una ojeada.

El Zafarrancho Antiplagas Polivalente (ZAP) había conseguido una buena desinfección de la zona y como ningún bicho se había vuelto a convertir en zombi por la zona, la investigación estaba detenida. Pero aún así se resistía a marcharse y le dio otro repaso a los archivos. ¡Tal era su temor a lo desconocido! Cuando apagaron las luces generales supo que ya no había remedio. Tendría que enfrentarse, sin posibilidad de oponer resistencia, a… una semana de vacaciones.

Estaba inquieta. El tiempo no pasaba. Tirada en su cama, con los brazos en cruz, su gato Lúfuco había encontrado un cojín fabuloso sobre su cara de veterinaria paranormal. Era la primera mañana de sus cinco días libres (además del fin de semana) y no tenía nada que hacer. Y aquella nada estaba llena de horas, repletas de minutos, que estaban hechos de larguísimos y molestos segundos.

Sonó un graznido lejano que la hizo reaccionar. Cuando trató de incorporarse, el gato se deslizó ingrávido a la misma velocidad que ella pero en dirección contraria: quedó apoltronado en su cocorota y siguió dormitando.

Sin más remedio que soportar la humillación felina, fue a la cocina y puso agua a hervir. Fue con el ‘clack’ de la tetera eléctrica cuando entendió por qué estaba tan malhumorada e intranquila. Dio un respingo y el animal saltó asustado de su cabeza a la encimera y se alejó de la estancia mascullando un ‘miau’ de indignación.


Por fin descubrió qué le pasaba. Su subconsciente, ése que le permitía acordarse de chistes de mal gusto en tristísimos funerales, no se podía olvidar de los cordones** que había dejado desatados en el caso de la plaga de zapatos. Esa larguísima, vacía, aburrida y desesperante semana de vacaciones se convertiría en… ¡una trepidante semana de investigación furtiva!

Empezaría como hacía en todas sus operaciones. Primero, la vía menos intrusiva. Antes de pedir permisos para cruzar al mundo feérico, investigaría a don Augusto. El hombre había sido víctima de la broma pesada de un clurichaun llamado Agor, que le acusaba de ser un ladrón porque había plantado un anillo de hadas en su jardín.

A modo de venganza desmesurada, la criatura había hecho que en la casa del hombre nevara calzado del pie izquierdo hasta el punto de llegar a sepultar la vivienda. Nono resolvió el conflicto con elegancia y poca violencia pero después la poseyó una extraña sensación. Como si todo hubiera sido demasiado sencillo, como si alguien lo hubiera querido así.

Esa misma tarde fue a merodear por los alrededores de la casa de don Augusto. No podía ir con su laboratorio ambulante, así que eligió un coche viejo y sucio para no llamar la atención. Se había vestido con una gabardina gris hasta los pies y e incluso llevaba calado un borsalino a juego.
-¡Modo incógnito activado!- pensó, divertida, mientras se le escapaba un esbozo de sonrisa.

Se le hizo de noche sin sacar nada en claro, más allá de descubrir el desmesurado interés de don Augusto por los catálogos de lencería femenina. Como le quedaban seis días en los que su única obligación era no dejarse llevar por la pereza y la falta de higiene, decidió tomarse la investigación sin prisas y con perseverancia.

Cuando se dispuso a afrontar su segundo día de observación, un contratiempo hecho de luz y oscuridad se interpuso en su camino. Sobre el felpudo de su casa, Lala y su bicho negro*** como la noche dormían acurrucados, ajenos a lo que les rodeaba.
Estuvo a punto de pegar un brinco y sortearles, pero un estrepitoso ronquido del monstruo en miniatura le hizo cambiar de parecer. Aunque sabía que se iba a arrepentir, le dio un golpecito con el pie a la niña y la despertó.
Lala / Kiko Sebastià
2. ¿Eres una veterinaria gótica?

-¿Hay algún problema con el gamusino?- preguntó la veterinaria fría y apresurada.
– Me heeee quedado aquí dormida- respondió la niña con su voz aflautada y shesheante a una pregunta que no le habían formulado.
-¿Qué haces aquí? No tenía que verte hasta dentro de una semana- le dijo la joven contrariada.
-Pu- esh me he quedado dormida porque me ha costado mucho encontrar tu casa. ¿Qué te parece?- respondió con un tono petulante pero inevitablemente adorable.
-Eh…- acertó a decir Nono que se había quedado sin palabras- ¿Cómo se encuentra el monstruito?
-Una cosa- empezó jovial pero tajante Lala- No es un mon-struito, se llama Mopis, sigue muuuuy ca-lladito pero ahora soooomos mejores amigos.
-Mientras esté callado no tendrás que preocuparte de nada. Y por las sospechas que tenemos en Paranimals, va a estar así durante mucho tiempo… si no se queda mudo de por vida.
La veterinaria vio que la cháchara iba para largo y tomó otra decisión de la que sabía que iba a arrepentirse.
-¿Tú no tienes colegio?
-Yo noooo voy al coleeeee.
-Eso pensaba. ¿Quieres venir conmigo a dar un paseo?
-Bu-eno. Vale pero me tienes que contestar a algunas preguntas.
-A todas las que pueda- le dijo mostrando un atisbo de empatía desconocido en ella.

La joven y la niña llegaron hasta la calle de la casa de don Augusto. Nono había traído unos prismáticos. El hombre se acababa de levantar. Se desperezaba como un señor medio dormido, se hacía un café como un señor con prisas (mezclaba una aberración soluble con agua y leche) y escuchaba la radio como un señor con oídos funcionales.

Aun así, su fisionomía seguía siendo más propia de un espárrago blanco que de un humano. Un espárrago que se metía en el baño y un espárrago con vapor en la cabeza tras salir de la ducha. Todo indicaba que estaba a puntito de irse a trabajar cuando se acabó de encajar los mocasines, pero entonces abrió la puerta de la calle, recogió el diario que estaba tirado en el felpudo y se metió de nuevo en la casa cerrando la puerta con delicadeza.

-¿Y tú a que te dedicas?
-¿Perdón?
-Sí, porque esto no tiene mucho que ver con veterinarios.
-Bueno, soy vetective…- intentó argumentar la joven, ocultando que en realidad estaba de vacaciones.
-¡Porque tú erashh una veterinaria gótica!
-Eso… es un error del creativo que tenía cuando trabajaba por mi cuenta.
-Shi, vale, vale, pero… ¿Qué tipo de operaciones hace una veterinaria gótica?
-Lo típico, desintoxicaciones de ajo para vampiros, prótesis dentales para hombres lobo, tratamientos antidepresión para cuervos… pero… no soy una veterinaria gótica… ¡soy una veterinaria paranormal!- explotó, al verse arrollada por la labia inquisitorial de la mocosa.
-Pues eso no es lo que pone…
-Ya, quiero cambiarlo pero en la clínica dicen que no es prioritario y que…
-Sí, claro, claro.
-Tendrían que ponerme la marca corporativa y…
-Pero… ¿qué quiere decir vetective?- continuó Lala, ignorando las razones de Nono.
-Significa que soy una detective veterinaria que investiga y resuelve casos relacionados con lo paranormal. También opero y salvo vidas… si hace falta.
-¿Y por eso espiamos a este señor?
-Exacto.
-Pues a mí me parece un señor aburrido.

El sol rodó hasta el horizonte, el día se convirtió en crepúsculo y las chicas decidieron que ya habían hecho suficiente de pareja detectivesca. Nono sentía, cada vez más, que todo era demasiado perfecto. No había mácula aparente en don Augusto. Se había despertado y duchado, luego había desayunado, ojeado la prensa diaria, visto películas en gnómico y otros extraños idiomas y devorado, con los ojos y otras cosas, varios catálogos de lencería. ¿Y si se equivocaba? ¿Y si el hombre, simplemente, era una persona aburrida y nada misteriosa?

Nono dejó a Lala donde ésta le dijo que vivía. Al día siguiente, cambiaría de estrategia. Iría por la tarde, vería salir las estrellas y comprobaría si todo seguía mortalmente tedioso e idílico por la noche. Sin las abrumadoras preguntas de Lala, podría trabajar mejor.
Arrancó el coche y partió directa hacia la casa de San Espárrago, así había bautizado al sujeto investigado. Cuando había recorrido unos pocos metros, ¡sorpresa! Escuchó un ruido en la parte posterior del coche. Una especie de graznido extraordinario… ¡o el atronador ronquido de un gamusino!

Encajados en uno de los reposapiés de la parte trasera, dos figuras formaban un ovillo lastimero. Nono detuvo el coche de golpe. Lala, que hasta ese momento dormía agarrada a Mopis, despertó un solo ojo. Con el otro siguió durmiendo sin dar mucha importancia a lo que pasaba. El bichájaro no se dio cuenta de nada.

-¿No habrás dormido aquí, verdad?- preguntó, indignada, la veterinaria.
-Pueess igual sí, no tengo muuy claro cuando me dormí. ¿Qué haaacemos hoy? ¿Salimos fueeera de la ciudad?- respondió la niña en modo automático, mientras su cerebro acaba de encenderse del todo.
-Tengo que seguir investigando- dijo, asumiendo que iba a ser más fácil dejar que la niña le acompañase que desembarazarse de ella. Odiaba muchas cosas, pero era eminentemente práctica y tenía una misión.
-Ah, quieres ‘disir’… espiando. ¡Qué rollo!


-Ayer me dijiste -empezó Nono cortando las críticas de cuajo- que te habías hecho amiga de… ¿cómo lo llamas? Mopis. ¿Quieres que te cuente algo acerca de eso?

3. Agua estancada


Don Augusto / María Cuadrado

-¿Habrá colorinesh y música de goloshinas?- dijo entusiasmada la niña, abriendo hasta el infinito sus ojos, que eran dos estrellas gigantes.
-No. Sólo negra noche y miedo- respondió tajante y con ganas de asustar la veterinaria.
La niña se enfurruño un poco y le soltó:
-¡No me dash miedo veterinaria gótica! Ashí que empieza con tu hishtoria, ya, jolinesh.
-No es una historia… pero no te enfades enana, que era una broma- le dijo con sorna.
-Shí, claro sheguro que me quieresh ashustar muchíshimo.
-Verás que no. Escucha- Nono hizo aquí una pausa dramática y engoló la voz con maestría-Tienes que saber que hacerse amigo de un gamusino es algo inédito, nunca antes visto.

La niña la miró como si eso no fuese con ella. ¿Cómo que no se había visto? ¿Y ellos dos que eran? La mujer oscura sólo podía estar diciendo tonterías e invenciones.

-La mayoría de humanos no pueden ver a estas bestias y, por eso, no creen en ellas- prosiguió la joven- Tradicionalmente, los mayores engañan a los pequeños y a los novatos para que los vayan a cazar en las noches de fuerte viento. No es que sean invisibles, es que la percepción humana no puede entender el color oscuro del que están hechos estos engendros. Por decirlo de alguna manera, los gamusinos se mueven en frecuencias de la realidad que los hombres normales no pueden alcanzar. Como si tu radio llegara como máximo a la 106.7 y ellos estuvieran en la 209.1.
-¿Y por qué yo sí puedo verle?- respondió Lala, que ya se estaba dejando cautivar por el relato.
-Pues es algo extraño- dijo Nono, intentando no dar mucha importancia a la pregunta- Lo que debes conocer también es a qué se dedican los gamusinos. Delimitan áreas libres de actividad paranormal. Ajenas a la actividad del Límite. Las noches de viento suelen tener mucho trabajo, bien porque alguien quiera invadir un territorio protegido o bien porque dos gamusinos se disputen el control de una zona. El sonido del viento -y el viento en sí- es su arma frente a las amenazas. ¡Es muy peligroso!

La niña respondió con alabanzas, vivas y vítores. Y aunque tenía muchas preguntas como qué era el Límite o qué era un área libre de actividad paranormal, formuló la siguiente:

-Entoncesh, ¿Mopish es como shuper importante, shuper fuerte y shuper peligroso no?
-Bueno como es mudo… no puede hacer demasiado. Así que no es importante, no es fuerte y… definitivamente no es peligroso por lo que nadie vendrá a buscarlo.
-A mí me gusta así- dijo la niña estrujando a la criatura que dormía plácidamente en su regazo.- No hables nunca si no quieres, ¿vale?- le dijo poniéndole ojitos de preocupación.

El sol acabó de caer por el pozo oscuro de la tarde y las estrellas motearon el firmamento sin prisas. Aquí una, allí otra y acullá dos más. Sin que se dieran cuenta el cielo se llenó de topitos brillantes y galaxias violetas y algo se movió en el interior de la casa de don Augusto.

La puerta dio un portazo y vieron cómo se marchaba con aire decidido y un maletín. Era la oportunidad de volver a registrar su casa. Sería rápida y concisa. Ya sabía donde estaba todo, ahora sólo tendría que buscar donde en un principio no había nada.

Esperaron lo que Lala definió como “varios momentos interminables, ¡venga entremos ya, jobar!” y asaltaron la morada como sombras fugaces. Nono hizo su magia. Con un baile frenético de manos y muñecas desarmó el pomo y la tenue penumbra del recibidor las invitó a entrar.

Todo en orden. Todo igual de normal. Todo igual de frustrante. Maldita sea. Una hora después del allanamiento, iban a tirar la toalla… entonces, Lala empezó a juguetear con algo que no tendría que estar ahí: una saurioalpargata. ¿Cómo es que quedaban zapatos de otras dimensiones? ¡Agor los había hecho desaparecer cuando se marchó! Momento de inspiración. ¡Había un sitio en el que no habían mirado! ¡Debajo del sillón donde Nono se durmió para esperar al clurichaun!

No daba crédito. ¡Había una trampilla oculta! Trillado pero efectivo. Entonces, empezó el horror. Un brillo dorado y cegador emanaba del interior. Fulgían destellos en plata y rojo púrpura. No era un color de ese plano de la realidad.

Tras las escaleras, seguía un pasadizo angosto que daba a una gran puerta entreabierta, de donde provenía la extraña luz. Nono le pidió a Lala que volviera al coche pero la niña se convirtió en unos enormes ojos vidriosos. Mopis le siguió el juego con su pose de animalito desvalido y fue imposible oponerse a sus deseos.

Caminaron con cautela hasta llegar a la puerta. La veterinaria la empujó levemente. Estaba bien engrasada por lo que no soltó el característico chirrido ambiental. Una gran sala se abrió ante ellas. Ánforas, cálices, cofres, candelabros, lámparas, armas rituales… y un sinfín de cachivaches de diseños imposibles. Todo flotando en un mar de monedas de oro con tropezones de zapatos extravagantes.

En las paredes, estanterías que llegaban al techo. También rebosaban extraños objetos preciosos. Piezas de orfebrería surrealista, manuscritos gnómicos, retratos de dioses, juguetes prehistóricos. Un vasto tesoro robado del mundo feérico: la razón de aquel extraño resplandor.
-Maldito cruri.- dijo Nono entre dientes.

La estancia parecía no tener fin, como si por un efecto de la contraposición de espejos, se alargase hasta el infinito. Aun así, las relucientes piezas de metal invadían toda la extensión. ¡Tal era el desproporcionado botín! Tenía que ser fruto del trabajo de muchos años. Quizá don Augusto no era sólo un señor aburrido aficionado a la información y a las braguitas sexys. ¿Quién era realmente?

El espacio debía de haber sido alterado en aquel sótano. No podía ser tan grande. Eso o había una ampliación ilegal de primera clase. Distintas puertas recorrían la habitación. De entre todas, la que más destacaba era una gran compuerta blindada. Se podía abrir desde fuera pero una vez cerrada desde dentro era imposible salir.

Nono miró a Lala. No estaba nada asustada. De hecho, parecía encantada. Había dejado aparcado su alborotado torrente de palabras shesheantes y oteaba con sus inmensos ojos todos los recovecos. La miró en señal de aprobación para atravesar aquella puerta y la niña no dijo nada, pero le rogó con la mirada que se diera prisa. ¡Necesitaba descubrir lo que ahí dentro se ocultaba!

Con un silbido de cierre hermético desbloqueado, la compuerta empezó a desplazarse lateralmente, lenta y pesada. Ahí dentro había otro clima. Húmedo y cálido, como una charca de agua estancada. Una densa niebla flotaba a un metro del suelo. Contra las paredes, unas encima de otras y sin ningún tipo de orden, se acumulaban centenares -sino miles- de esferas gelatinosas, grandes como un neumático de coche.

4. Bastón de caramelo siniestro


Ilustración de María Cuadrado

Lala cogió la mano de la joven. Eso ya no parecía un tesoro de cuentos. Nono empezó a blasfemar en un idioma extraño. Mopis se había escondido, subido en el hombro de la niña, tras su pelo del color del atardecer. Se internaron aún más. Un sinfín de largas tuberías verdes reptaban por el techo. Parecían las ramas de un árbol gigante. Nacían afluentes que desembocaban en los extraños globos sebáceos, que eran los frutos.

En medio de aquel bosque, un enorme reloj victoriano con dos péndulos se alzaba solitario. A lo largo de toda su estructura, entraban y salían numerosos cables, que resultarían ser alambres arbóreos de conducción. Nono ya lo había visto antes. ¡Era tecnología feérica!
No tenía tiempo de desmontar aquel reloj, que si no iba errada, era una mera carcasa de protección, pero creía poder activar lo que se ocultaba dentro.

-Gljiba zohera- exclamó en una voz neutra y pausada.

Empezó a sonar un ruido que recordaba al paso de un río perezoso. Las paredes del reloj se expandieron hasta que la madera y el metal cedieron debido a una intensa presión interior. Nono desmontó la estructura fracturada y descubrió un extraño ingenio biomecánico. Recordaba al rovellón gigante, a la bromelia o a la drosera antártida. Una mezcla abominable entre hongo y planta carnívora con multitud de diodos de colores.


-¡Es un champiñón de luces!- gritó Lala ilusionada.

Los alambres arbóreos estaban enlazados a un grueso cable, similar al de un tronco de árbol joven, que una vez llegaba al techo se fundía con la maraña de tuberías verdes. ¿Qué había dentro de aquellas pelotas siniestras? Con temor, mordiéndose los labios y con el ceño fruncido, la niña indicó con la cabeza que su curiosidad era mayor que el miedo que sentía.

Se acercaron a una de las esferas para ver su contenido, pero una película grasienta lo impedía. Justo cuando Nono se dispuso a retirar el sebo, el sonido de la compuerta las sorprendió. ¡Se estaba cerrando! El contraluz de una figura larguirucha las amenazaba, mientras la sala quedaba sellada… ¡para siempre! “¡Clack!”, hizo el cierre y la veterinaria supo que había cometido su mayor error en años.

-Mis queridísimos chauns… ¿otra vez rondando por mis dominios?


Lala se escondió detrás de Nono y Mopis se perdió aún más en su mata de pelo. No había más opción de ocultarse.

-¿Por qué os empeñáis en morir tan fácilmente? No sé por qué no cejáis en vuestro empeño. ¿Eres tú, pequeño Agor? Tus intentos de hacerte el héroe han sido frustrados una y otra vez. ¿Tanto deseas ser sometido?

La figura estilizada llegó por fin a un punto en que pudo ver a las dos chicas con claridad.

-Vosotras… no sois chauns… y yo a ti te conozco. ¡Eres la veterinaria! ¿Qué haces aquí?

Las facciones aburridas del señor Augusto se habían deformado hasta conseguir un semblante aterrador, pero a pesar de eso, seguía pareciendo un espárrago.

-Espera un momento… tú no eres un humano… ¡Eres un nocherrante!- dedujo la veterinaria.
Antes de que pudiera contestar, una risa descontrolada salió de la espalda de la muchacha:

-¿Un nocherrante? ¡Eso qué clashe de nombre de monshtruo esh? ¡Da mucha rishaaa!

Don Augusto concentró su maldad y se estiró y creció tanto, que el espárrago tomó forma de bastón de caramelo siniestro; su cabeza y brazos quedaron colgando como si fueran un mango curvo de diseño pavoroso.

-¿Te sigo haciendo gracia, polluela?- le espetó con una voz lenta y pavorosa.

A Lala se le cortó la risa de cuajo. La figura destartalada se erguía grotesca ante ellas. Sus manos habían crecido y sus dedos parecían blancas ramas de árbol puntiagudas. El traje de señor aburrido había quedado destrozado por completo y su huesuda y deforme columna vertebral se marcaba a través de la piel, que parecía estar a punto de desgarrarse.

-Niña, no soy un nocherrante cualquiera, soy El Nocherrante superior, quien define a toda una especie, el que reinará sobre el mundo feérico y convertirá vuestro plano en lo que tendría que ser desde hace eones: nuestro vertedero.

-Nono… ¿está haciendo el clásico discursito del malvado?- preguntó Lala que no había quedado muy impresionada con la declaración de intenciones.
-Eso parece… pero… ¿tú sabes lo peligroso que es esto?
-Sí, claro… pero si lo está hashiendo…

Don Augusto se cansó de tanta charlatanería y se abalanzó sobre las chicas. Con sus zarpas apartó a la veterinaria a un lado y abrió sus poderosas mandíbulas -llenas de innumerables y deformes dientes- para comerse de un bocado a Lala. ¡Era una trampa para osos babeante!

Nono entendió lo que había hecho la criaja. Con su retórica irreverente, le había sacado de sus casillas para darle una oportunidad. ¡Había hecho de señuelo para despistar al monstruo! La veterinaria desenvainó su katana quirúrgica y atacó a la deformidad directamente en la nuca.

El nocherrante era rápido y tenía afinados sentidos. Descubrió el embuste y cuando Nono estaba a punto de rebanarle el pescuezo, se zafó. A pesar del quite, la chica acertó a cercenarle parte de la mandíbula inferior. Diez centímetros de barbilla amorfa y varios dientes como garras salieron volando. Hecho un basilisco, se dirigió hacia la joven con intenciones asesinas. Ésta le asestó un golpe en diagonal, pero don Augusto detuvo la espada con la palma de la mano y la hizo trizas al cerrar el puño.


En un derroche de inconsciencia y buenas intenciones, Lala corrió hacia el nocherrante y le dio un cabezazo en la boca del estómago pero el monstruo no se inmutó. Haría pinchito de niñas entrometidas. Las ensartaría a ambas con sus garfios en un sólo movimiento.

5. Universo de colorines


Nono, Mopis y Lala / Kiko Sebastià
Justo cuando el monstruo preparaba el gancho que atravesaría primero el estómago de Lala y luego el esternón de la veterinaria, el tiempo se detuvo. Un rugido proveniente del inframundo, con la potencia de cien sirenas de transatlántico embistió al espárrago corrupto.

Era una fuerza sobrenatural que escupía vientos, que vomitaba huracanes. Era un silbido insoportable, un torrente de aire a presión sin mesura, más allá de toda unidad de medida. Era un tren descarrilado destrozando un rascacielos.

El nocherrante acabó empotrado contra las esferas gelatinosas. Una de ellas se resquebrajó tras el impacto. Había sido Mopis. El pequeño gamusino mudo había hablado. Nadie se metía con Lala y menos un fantasmagórico personaje como ése. Nono reaccionó en seguida y se dispuso a inmovilizar al señor Augusto, pero en un movimiento propio de una pastilla de jabón húmeda se escabulló y con un sonoro ¡fup!, envuelto de humo, desapareció de la habitación.

Las dos chicas se quedaron solas en la estancia. No había rastro de la criatura. La mayor se acercó a la extraña hueva quebrada. Se podía ver su interior. Una figura diminuta dormitaba en una solución lechosa conectada a distintos cables. Unos iban a su boca, otros a sus oídos y a la nariz y, aún varios más, gracias a ventosas se adherían a su menudo cuerpecito.

Era un bebé de leprechaun. El líquido blanco empezó a filtrarse por las grietas. Nono calculó que tenía unos dos minutos antes de que se vaciase demasiado y el duendecillo despertase y muriera, tal como había revelado el nocherrante. Debía desactivar la esfera con seguridad.

En una de las viscosas hojas del champiñón de luces había un gran panel de leds luminosos. Según dedujo, uno por cápsula. Uno de ellos se iluminaba en rojo intermitente, en vez de en amarillo constante. ¿Sería tan fácil? No lo sabría hasta que apretase. Giró la cara y la protegió con un brazo. Mirando de reojo y con el dedo tembloroso e inseguro presionó la tecla circular.

Desde el techo se escuchó un estómago gigante. O eso les pareció a las chicas. Poco a poco se abrió un orificio del que empezaron a gotear distintos tipos de líquidos más o menos viscosos. Un brazo con tres dedos del tamaño de plátanos se hizo camino dilatando la apertura. De sus extremos, diminutas pinzas se golpeaban histéricas entre sí.

Sin dejar que Nono o Lala pudieran reaccionar, se dirigió hacia la burbuja fracturada. La dispuso en una camilla y seccionó la esfera, que se desmoronó como una placenta a ambos lados de la criatura. Las frenéticas pinzas retiraron con cuidado los cables a los que el leprechaun estaba conectado y el bicho empezó a respirar lentamente, ajeno a lo que ocurría a su alrededor.

La compuerta que se había cerrado para siempre estaba ahora destrozada en parte con una apertura suficiente para que las jóvenes intrépidas pudieran escapar del lugar. Nono cogió a Lala, a Mopis y al bebé y se los llevó al exterior para sacarlos de aquel terrible lugar y avisar del incidente.


Si todo era tan feo como pintaba, se avecinaba una guerra entre planos. O al menos una invasión. Pero ese no era el problema más inmediato. Ya en el coche, el gamusino se quedó dormidito en los brazos de la niña, poco quedaba del monstruo de poder sobrenatural que había espantado al nocherrante.

-¿Cómo te encuentras?
-¡Shuper bien! ¡Ha shido fantashtigenial! ¿Hash vishto como Mopish shí que era shuper fuerte y… y… importante?
-Pues de eso tenemos que hablar.
-¡Vale! Yo prime. Es maravilloso porque cuando parecía que el bicho blanco y feo nos iba a comer o cosas muchíshimo peores, Mopis ha…
-No me refiero a eso. ¿Recuerdas que te he dicho que Mopis no iba a ser peligroso mientras estuviera callado? Pues ahora sí. Ahora ya puede hacer de gamusino adulto y eso sólo le va a traer problemas. Y no me refiero a una estúpida y aburrida semana de vacaciones. Me refiero a invasores, a ladrones, a monstruos grandes y con muchos dientes, a comepárpados salvajes… a enfrentarse a lo que fuera que matara a su madre.
-Pu…es… ¡yo lentrenaré!
-No se trata de eso. Desde este momento, Mopis es un imán de mal, muerte y bichos con cuernos gigantes y apetito voraz y todo tipo de aberraciones funestas de más allá del Límite.

La niña se encerró en sí misma y tras una pataleta antológica, con un gran berrinche como protagonista, y argumentos como “pero mira que mono es”, “no puedo dejar a su suerte a mi primera mascota verdadera porque tú lo digas” o “eres una shuper malíshima”, la veterinaria acabó doblegándose a su voluntad y le dijo, no sin mal gana y temor a un futuro lleno de gritos, niñas corriendo a las cinco de la mañana y un universo de colorines:

-Pues te vas a quedar conmigo una temporada. Pero acatarás mis órdenes, no harás ruido y vas a trabajar en tu pronunciación de la maldita letra ‘s’. ¿Entendido?

Un pájaro graznó en el cielo. Ambas miraron hacia arriba y supieron que era el momento de ponerse en marcha. Dejarían al bebé a salvo y, esta vez, Nono disfrutaría de lo que quedaba del fin de semana. Nada de visitas a la clínica y, de momento, nada de investigaciones fuera de horario. Se acercaban tiempos oscuros y ella acababa de acoger en su casa a una niña hiperactiva y cabezona y a un pequeño guardián del Límite. Necesitaba un descanso y empezar a ordenar su nueva vida.

Fin del cuarto capítulo. Fin de la primera temporada de ‘Paranimals: Veterinaria de Investigación al Límite’.

0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *