Fluffy

Veterinaria de investigación al Límite contra ¿gato zombi?

Nono por Kiko Sebastià        La señora Plof tenía forma de ocho, una permanente estratosférica, los brazos cortos y un gato color nubes de tormenta llamado Fluffy. Presumida, paseaba a su minino de una correa, y, disimulada, curioseaba los patios traseros del vecindario. Fue en uno de aquellos jardines llenos de enanitos grotescos cuando algo inaudito y terrorífico sucedió.

-¿Bolita, qué se supone que estás haciendo?- fue lo único que la señora Plof alcanzó a decir antes de que terminara de suceder la desgracia.

Fluffy se había zampado el cabezón de un diminuto bulldog, que hasta entonces había estado durmiendo tranquilo y pacífico (y creía que a salvo) en su pequeña caseta de madera. A un lado y a otro, la señora Plof miró. No había testigos de aquel acto atroz. Con cuidado y disimulo escondió el cuerpecito desmembrado de aquella monada canina en el interior de su casita (que desde entonces sería el lugar de los hechos) y con sigilo de la escena se esfumó.

Cuando se dispuso a reñir a Fluffy, los enormes ojos amarillos flotando en aquella esponjosidad negra que era su pelaje, fueron argumento suficiente para convencerla de que aquel acto sanguinario e injustificado había sido del todo necesario… e incluso justo y admirable. Tal era el amor que le profesaba.Nono por Kiko Sebastià

No pasaron una noche ni dos, sino tres semanas hasta que la señora Plof perdió la paciencia. El recuento de víctimas era aterrador. Siempre hacía lo mismo: las fauces abría y toda la cabeza se comía. Lo horroroso llegó cuando Fluffy decidió que lo mejor era llevar los cuerpos inertes a su dueña.

Tres canarios, cinco periquitos, un comepárpados, tres perritos monísimos, cuatro que aún sin cabeza eran horrendos, seis gatitos naranja chillón, su mamá gata y un ser antropomórfico con las inconfundibles características de un bebé humano sobrealimentado. Hay desastres que el amor no tendría que tolerar y, por eso, la señora Plof llegó a su límite.

Desesperada buscó en el listado telefónico hasta que por fin encontró algo que parecía responder a sus necesidades: ‘Nono, The Gothic Vet’. Llamó y llamó y hasta tres tonos sonaron. Al otro lado del aparato, una voz delicada le respondió:

-‘Paranimals’, le atiende Nono, ¿qué ha mordido a quién?

-Ah, lo siento pensaba que era la veterinaria gótica. Me habré equivocado.Nono por Kiko Sebastià
-No, sí, es aquí…
-Pero en el listín pone ‘Nono The Gothic…’
-Sí, pero es de cuando trabajaba por libre. Aquí es donde quiere usted llamar.
-Entonces… ¿Hacen operaciones góticas?
-Sí, entre otras muchas intervenciones sobrenaturales, pero no se encorsete usted. ¿Qué ha ocurrido cómo?
-¿Por qué me pregunta eso? ¿Quién le ha informado?- se escandalizó la señora Plof.
-Es decir… -titubeó Nono- Usted… ha llamado, ¿no? Por lo tanto deduzco que tiene un problema o que busca conversación.
-Pues es verdad- dijo su interlocutora, olvidando todo atisbo de desconfianza- Mire lo que pasa es que el pequeño Fluffy ha desarrollado un apetito voraz por las cabezas.
-¿Y le trae los cuerpos?
-Sí , ¿cómo lo sabe?
-Soy una veterinaria paranormal. Es mi trabajo. No se preocupe. En un momento apareceré ahí, mientras tanto, piense en cosas felices.

Como mucho fue un cuarto de hora, pero a la señora Plof la espera se le hizo insufrible. Nono apareció en la casa acompañada de una mochila gigante en la que había enseres de todo tipo, algunos parecían salir de una clínica ordinaria, otros del arsenal de prototipos de un ejército; había incluso un cachivache que parecía un lanzallamas casero.Nono por Kiko Sebastià

Tras aquella bolsa de cuero negro, apareció una chiquilla pequeñaja de tez blanquecina, pelo lacio y oscuro como una noche sin luna. Tenía la cara fina y delicada a juego con su voz y unos ojos enormes de color pozo sin fondo, incrustados en ojeras perpetuas. Vestía una bata blanca que le quedaba varias tallas grandes y unos vaqueros cortos y holgados.

Comenzó a corretear por la habitación, examinó los cadáveres, hizo mediciones, inyectó líquidos, extrajo sangre, la probó, apiló los cuerpos, los volvió a dejar donde estaban y tras diez minutos de fervorosa actividad se acarició la barbilla y anunció con solemnidad:

-¡Parece que estamos ante un insólito caso de gato zombi interespecies! ¡Déjeme ver al espécimen!

Fluffy se había escapado. Al descubrir aquello, Nono empezó a preparar el instrumental con la calma de quien no conoce la prisa, el estrés ni el agobio.

-¿Pero qué hace?- le espetó la señora Plof.
-¿A usted qué le parece? ¡Esperar a que venga Fluffy con una nueva víctima!
-Pero… pero… ¡No podemos esperar a que se coma la cabecita de otro ser!

En ese momento, Nono quiso medir muchísimo sus palabras, pero no le salió tan bien como quiso:

-Eso de que no podemos esperar… depende. Sería terrible y cruel que matase a otro animalito… pero personas… ¡personas sobran millones!Nono por Kiko Sebastià

Es imperante recalcar lo escandalizada que quedaron la señora Plof, su permanente estratosférica y su hasta ahora no mencionado vestido de flores estampadas. Si le hubieran llegado, se habría llevado los brazos a la cabeza. Superado su asombro, en un atisbo de picaresca inusitada le dijo:

-Hágalo por los animalitos.

Sin mediar palabra, la veterinaria cogió un raspador y empezó a frotarlo contra los bracitos de su clienta. No iba a soportar oírla gritar otra vez, así que tomó la iniciativa:

-Cállese. Necesito piel muerta, sudor condensado y otras cositas que huelan a usted si quiere que salgamos a buscar a su mascota.

La señora Plof inspiró tanto como pudo para evitar estallar en incredulidad y espanto y, finalmente, argumentó:

-¿No podía usted pedirme una bufanda o un jersey?
-Buena idea. Traiga algo de ropa.

Nono salió a la calle. Era una noche agitada y las hojas sueltas de los árboles revoloteaban por donde quería el viento. No había rastro de Fluffy, así que se adentró en el barrio. Hileras de chalets en los que vivían señores mayores con corbata y niños educados. Aún así, la sensación de normalidad, domingos soleados en el jardín, asepsia y planificación horaria le provocaron escalofríos.Nono por Kiko Sebastià

Tras escudriñar varias manzanas, escuchó unos ruidos extraños. Eran maullidos espeluznantes, reproducidos a cámara lenta. Como si el ‘au’ del ‘miau’ se alargase un poco más allá del infinito con ánimo aterrorizante. Eso y un llanto descorazonador. Era el típico balbuceo desconsolado que emitiría un cachorro de husky siberiano siendo atacado por un gato zombi interespecies.

La veterinaria se acercó a la escena, sigilosa como la sombra de un ninja. Se enroscó la bufanda al cuello y lanzó al aire los trocitos de cosas variadas que olían a la señora Plof. El gato no se percató de su presencia, confundido por su disfraz oloroso. Cuando estuvo a centímetros del pescuezo del animal, lo inmovilizó.

No había duda, se había transformado en zombi y no había solución posible. No entendía cómo lo hacían, pero los muertos resucitados tenían una facilidad pasmosa para hacerse grandes heridas o quedar amputados a una velocidad incomprensible para los seres vivos.

Les mordían en la espalda, se convertían en zombis con una pequeña herida y diez minutos después -sin que hubiera explotado nada- tenían brazos y piernas cercenadas. Pues este caso no era una excepción. Fluffy tenía en carne viva parte del lomo y vastas extensiones de la cola y, por supuesto, en las patas sólo había hueso. También le faltaba un ojo. Lo habían pasado por un rallador.Nono por Kiko Sebastià

Era definitivo. Nada podría traerlo ya a la vida debido a su avanzado estado de muerte y putrefacción. La única opción era la más intrusiva de todas: la decapitación quirúrgica.

Mientras ella decidía el método de intervención, el gato se zafó de la veterinaria y descubrió el engaño. ¡No era su dueña! Henchido de rabia ya fuera por la estafa o por su condición de living dead cat, fue -torpe y lento pero furibundo- a por el cerebro de la chica.

Nono desenvainó un extraño instrumento médico que guardaba un rabioso parecido con una katana. Su cabello ondeaba al viento. Un gato zombi era algo contra natura. Los gatos son ágiles y sigilosos. Esto era un monstruo ruidoso y sin gracia. Decidida pero tranquila, imaginó la escena que ocurriría a continuación. Acababa con un reguero de sangre.

Se encaró al engendro que antes tuviera ojos como soles, flexionó las rodillas y cuando éste saltó con garras amenazantes, le esquivó y le embistió en vertical. Rápida y precisa. La muerte verdadera llegó de un solo golpe. Como una nota sostenida, la incertidumbre se apoderó del escenario.

Nono aterrizó sobre sus pies con elegancia y precisión. Fluffy trastabilló, pero mantuvo el equilibrio. Aún le quedaba algo de felino. Todo parecía en su sitio. No había desgarros en ella, ni amputaciones en el animal. La nota sostenida explotó.

Antes de que pudiera dar tres pasos, la cabeza del animalito salió por los aires y pintó la pared de una vivienda unifamiliar con un generoso chorretón de sangre putrefacta. Litros y litros de un denso rojo oscuro que pintaron los pálidos ladrillos con brocha descontrolada.

Justo en ese momento llegaba la señora Plof jadeando, ya que no había podido seguir el ritmo de la veterinaria. La esfera de color nubes de tormenta inminente cayó entre sus pequeños bracitos, pero debido a la escasa longitud de sus miembros se le resbaló de manera aparatosa. El cráneo cayó como una caprichosa pelota que se escapa, con saltos puñeteros, lejos de su propietario.Nono por Kiko Sebastià

Rodó unos metros y tras dar varias vueltas sobre su eje, con ojos desvencijados quedó mirando hacia su dueña, que derrotada, cayó de rodillas contra el asfalto. Su llanto desgarrado se unió al del pequeño husky, que aterrado había sobrevivido al ataque. Al verla así, el animalito fue a terminar de lloriquear en su regazo. Formaban una estampa triste… pero el mundo estaba a salvo.

La veterinaria se acercó a su mochila abandonada en el suelo. Sacó un gran auricular de baquelita. Puso uno de sus extremos frente a la oreja. Del otro, salía un cable que giraba en espiral y se perdía en el interior de la bolsa. ¡Era una cabina telefónica portátil!

-Informe- exigieron al otro lado de la línea.
-Solicito intervención urgente de una unidad del ZAP. Más que probable infección localizada por un LDC-i.

Una vez acabadas las formalidades, se acercó a la mujer. Estaba destrozada. Le puso la mano en el hombro y se marchó mientras susurraba:

-Ya le llegará la factura.

La señora reprimió el llanto y alcanzó a decir:

-¡La demandaré por brutalidad animal y negligencia… no le dio a mi Fluffy ni una sola oportunidad!

Nono se encogió de hombros, cogió su mochila gigante de un asa y se dio la vuelta para marcharse.

-¡Ahora tiene usted un nuevo cachorro!- le gritó mientras se alejaba.

Acababa de salvar la ciudad de una potencial infección zombi y eso era lo máximo que se lo iban a agradecer, así que se centró sólo en las cosas positivas: la buena pareja que hacían doña Plof y el perrito y aquella bufanda que olía a rancio y que suponía, le habían regalado. Melancólica, siguió caminando, divagando sobre cuán difícil era entender el amor interespecies.Imagen de Nono